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Familia-de-dos, cuando los hijos no llegan

“…los esposos a los que Dios no ha concedido tener hijos pueden llevar una vida conyugal plena de sentido, humana y cristianamente. Su matrimonio puede irradiar una fecundidad de caridad, de acogida y de sacrificio.” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1654). En palabras personales, "pueden vivir en plenitud-aunque la historia sea diferente a lo normal."

sábado, 3 de diciembre de 2011

Infertilidad no-explicada


Bueno, pues “esa es la palabra”. En un mundo rodeado de mamás, de niños, de futuras mamás orgullosamente mostrando su embarazo, de padres llenos de alegría por contar las últimas hazañas de sus pequeños; las parejas infértiles somos algo raro, algo difícil de manejar, como si fuéramos un producto descompuesto, como “bichos raros”.  Sí, somos una pareja infértil que ha decidido vivir en plenitud su vida tomados de la mano y agarrados fuertemente de la mano de Dios (el único dador de vida). 
Amigas, hermanas, compañeras de este viaje, la infertilidad no es una enfermedad, bueno, para mí no lo es,  para mí es un estilo de vida: algo que o tomaba “de los cuernos” y lo enfrentaba poniéndole el nombre correcto, o dejaba que me controlase por el resto de mi vida.  Sé que escribo esto después de años de lucha conmigo misma, de recriminarme, de culparme, de sentirme menos, de saberme fuera de lugar; de mucho llanto.  Sí, tuve que pasar por esa carretera, tuve que caminar y llorar, tuve que saber que en mi futuro no estaría yo dando vida físicamente; pero en ese camino, Dios mismo me mostró que tenía otros planes para mi matrimonio, El no se había equivocado: El estaba esperando que yo pasara la etapa de duelo, de depresión, esos “blue days”, para entonces mostrarme el arcoíris. (Hey! No quiero decir que fue culpa de Dios esta infertilidad, nop.  Sino que como creyente, sé que de todo cuanto sucede Dios sacará una gran bendición).
Somos una pareja infértil, una familia-de-dos, con un gozo por vivir nuestra vida; con un gozo de compartirla con los jóvenes que nos rodean.  Brevemente les cuento, mi esposo y yo pertenecemos a una comunidad católica donde estamos rodeados de familias (ups!!!!).  Sí, de familias “abiertas a la vida”, así que ya imaginarán cuantos niños nos rodean (y de pronto imaginarán aquellos años de “anuncios de embarazos” (uno, y otro, y otro, y otro), de “baby-showers” (incontables), de visitas a los nuevos papás al hospital (cuantos regalos compré), etc.  Y bueno, en esa comunidad, Dios nos ha llamado a servir con los jóvenes universitarios, ellos llegan y se van, no sólo a nuestra casa, sino también a nuestras vidas.  Hemos aprendido que por el momento, ese es nuestro lugar: abrirles nuestro hogar y después, dejarlos ir. 
Así está hasta el día de hoy nuestra vida: somos una pareja infértil tomados de la mano y agarrados fuertemente de la mano de Dios.  Hay días soleados, hay días nublados, y está el "Día de la Madre" (creo que todas, en nuestra condición, sabemos lo" duro" de este día, ¿verdad?). Así que aprendiendo a vivir en plenitud el presente, arrebatando todos los colores del arcoiris, sigamos disfrutando cada instante, cada momento, cada día. Dios mismo ya nos regaló la vida, ahora depende de ti y de mi, sonreirle con todo. ¡Date permiso para ser feliz, sí, creéme que sí se puede!

martes, 29 de noviembre de 2011

Incomprensión: un tema difícil de presentar

(En algún momento del 2011 escribí esto, hoy se los comparto).  Acaba de volver a pasar. Increíble.  Aun aquellos que comparten mi fe, y saben que en Dios hay un plan único para cada individuo, parecieran encasillar la bendición de Dios: encerrándolo en “otorgar” hijos a todos los matrimonios, como el único medio para gozar y plenficar el matrimonio. “Oraremos para que tengas un bebé; oraremos para que Dios te conceda un hijo.” Son frases que llegan día tras día; y cuando menos uno lo espera. Sé que hay una genuina preocupación por mí, o una confusa idea de lo que la felicidad marital encierra.  Y por favor, no me malinterpreten, veo en aquellos rostros un genuino amor, lo veo. Sé que nos aman, sé que se preocupan por nosotros.  Pero en algunas ocasiones esa preocupación no nos deja caminar libremente en la voluntad de Dios para nuestro matrimonio.
Muchas veces esta incomprensión nos arroja a la soledad.  En medio de nuestra propia lucha, la incomprensión duele, uno se llega a sentir juzgado: la pregunta que refleja la mirada de quienes no comprenden nuestro llamado o nuestra aceptación a la voluntad de Dios, o nuestra libre aceptación de la realidad, una realidad divina para nosotros.  Una pregunta que parece estar presente en el ambiente: “¿Es egoísmo, comodidad,  miedo?”  “¿Porqué no buscan más? ¿Por qué no piden más oración? ¿Por qué no adoptan?” 
A veces sólo queremos el abrazo de la comprensión, pues las etapas de duelo, de dolor, de tristeza, de rechazo, de resignación, de comparación con dolor ya las pasamos (o en su momento las estuvimos pasando en medio de esas preguntas). 
Necesitamos esa comprensión que va más allá del entendimiento humano. Esa comprensión que abraza con la oración y acepta con el corazón.  Esa comprensión que acepte que Dios puede estar haciéndonos un llamado diferente (esos llamados especiales que sólo a El se le ocurren).  Esa comprensión que abraza y en ese abrazo te dice, "estoy contigo, estoy intercediendo para que Dios haga en ti Su voluntad y tú la puedas vivir a plenitud".

viernes, 11 de noviembre de 2011

En búsqueda de la voluntad divina


(Un día de Octubre 2011).  Estuve sola en la tarde.  Estoy leyendo el libro “Camino a casa” de Henry Nouwen, me siento tan identificada con sus experiencias, su trayectoria en la vida para encontrar el lugar donde Dios lo quería. La misma pregunta que hoy pasa por mi mente, ¿Señor, que quieres de mí? ¿Qué quieres de nuestro matrimonio? ¿A dónde nos llamas? Es como un grito de auxilio en medio de una sociedad que te empuja hacia lo mismo.  Henry Nouwen también se siente llamado a algo diferente, ya es sacerdote, pero siente que Dios lo quiere en un nuevo lugar.  
Así lo experimento yo (y añado que mi esposo también), con nuestro matrimonio, a donde nos quiere llevar Dios, cuál es el lugar que tiene reservado para nosotros. Seguiré orando, buscando la sabiduría de Dios y abierta a sus señales, que tienden a ser precisas, pero a veces estoy tan distraída que puedo perderme.  Y no quiero perderme en hacer las cosas a mi manera, en mis expectativas o las expectativas de otros para nosotros; no quiero perderme en la manera “correcta en que siempre se han hecho las cosas”.  Quiero escuchar a Dios y hacer las cosas a SU MANERA.  

sábado, 5 de noviembre de 2011

La historia que nos convirtió en misioneros

O bien, "Dios bendice a su manera".

(Año 2003) Pronto a cumplir 3 años de casados, nos dimos cuenta que no podíamos embarazarnos, que nuestros cuerpos, aun gozando de excelente y total salud, simplemente, sin explicación médica, no estaban listos para procrear. Al inicio fue difícil aceptarlo, no podía estarnos sucediendo, al rato llegarían los bebés, todo era cuestión de orar, esperar, relajarse y confiar, confiar y confiar.

 Sin embargo, la espera se alargaba aun más cada mes, no era fácil, para muchos a nuestro alrededor era tan fácil concebir, tan fácil embarazarse, tan fácil tener el primer hijo, luego el segundo y ¿nosotros? ¿Dios se habría olvidado de nosotros? No, no era posible, El nos amaba, nos había escogido para formar un matrimonio, era su plan que formásemos una familia...y sin embargo, los hijos no llegaban. Fue un tiempo difícil donde Dios nos fue llevando por la negación (especialmente mi negación a aceptar que los hijos no llegaban) y el dolor, hasta la aceptación gozosa de su voluntad. Fue un peregrinar acompañado de lágrimas, purificación y dolor, pero también de la presencia de nuestro Señor, amándonos, cuidándonos, aclarándonos todo; fue un peregrinar donde entregamos el anhelo de los hijos a nuestro Señor, El nos lo estaba pidiendo y su gracia nos fortaleció. Lo amábamos a El y estábamos dispuesto a amar su voluntad, sabiendo que su gracia nos fortalecería y confiando en que "Dios todo lo permite para el bien de los que le aman"(cfr. Rom 8,28). Entonces, Dios no podía estarse equivocando, El tenía un plan perfecto de amor para nuestro matrimonio y por ello estaba permitiendo todo. Así, confiando en El nos abrimos a su voluntad, aceptando que los hijos no llegaban, y que tal vez nunca o algún día llegarían; nuestros corazones estaban en paz; nuestra vida matrimonial estaba completa, nos teníamos el uno al otro, y Dios nos pedía hacernos felices mutuamente, vivir para honrar al cónyuge, alcanzar la santidad juntos. Aun sin hijos, Dios nos estaba bendiciendo, pero a su manera!

 Al inicio del año 2006, una breve oración susurró mi corazón, una oración breve, sin reclamos: "Señor, sé que tienes un plan para nuestro matrimonio sin hijos, si es tu voluntad, muéstranos que quieres de nosotros". Jamás imaginé lo que vendría. En febrero 2006, en un retiro con universitarios, Dios nos preparó diciéndonos que "algo grande venía" (en otro post contaré a detalle acerca de esto) y en ese mismo mes nuestro queridísimo amigo y siervo de la Palabra*, David Mijares, nos hizo una invitación (sólo era una invitación) a irnos un 'tiempecito' como misioneros para trabajar con la juventud a Quito. Había una necesidad y nuestro buen amigo y también muy queridísimo, Pepe Vázquez (siervo de la Palabra también), quien sabía del anhelo que albergaba nuestro corazón de ser misioneros lo compartió con David (¡como Dios hace que los caminos se crucen!). Así la invitación llegó a nuestras vidas y la cuaresma del 2006, fue el tiempo para discernir la invitación, el llamado que Dios nos estaba haciendo. Y nos lanzamos en su Nombre (después de un buen tiempo de oración, discernimiento, guía pastoral). Dios nos regaló la gracia de servirle de tiempo completo por 2 años en Ecuador. Ya hemos regresado y estamos iniciando una nueva etapa como matrimonio.

Lo que para el mundo pudiera resultar una "desgracia", "una falta de algo", Dios la ha transformado en una bendición y en un llamado. Somos un matrimonio libres de hijos (como leí en un libro, no quisiéramos mas decir "sin hijos" porque da la connotación de que algo nos falta, y no es así, no nos falta algo, estamos completitos; por ello preferimos decir libres de hijos, así Dios nos ha llamado hasta este momento y así hemos de servirle), con una convicción fuerte en nuestra mente y corazón que esto es plan de Dios, y EL no se equivoca. EL quiere lo mejor, lo mejor de lo mejor para sus hijos, y queremos por ello hacer vida en nosotros su voluntad (para su gloria y para su honra), para eso fuimos creados!!!!

 (Si en algún momento llegasen los pequeñines, gloria sea dada a Dios; y si no llegasen nunca, gloria sea dada a Dios..nuestro gozo, nuestro fin último como matrimonio es glorificarle con nuestras vidas!)

viernes, 4 de noviembre de 2011

Una pequeña introducción de nuestra historia


Aquí empieza nuestra historia.  Enero 2000 iniciaba nuestra amistad. Marzo 2000 inició nuestro noviazgo y finalmente Septiembre 2000 nos comprometíamos, para firmar en pleno uso de nuestra libertad nuestra alianza matrimonial en Abril del 2001.  Yo tenía 25 años, mi esposo 26.  Una pareja como todas, él Ingeniero en Sistemas de Información, trabajando en una buena empresa; yo por mi parte, Licenciada en Enseñanza de una Segunda Lengua, trabajando en la Universidad Pública.

Somos un matrimonio católico cristiano, convencidos del amor de Dios para nuestras vidas, una fe que Él ha solidificado (y lo sigue haciendo), con una relación personal con Dios; y con nuestras debilidades, por supuesto.  Iniciamos nuestro matrimonio en abril del 2001 como ya lo mencionaba.  Ilusionados, confiando en el amor de Dios, anhelando formar una familia para honrarle y glorificarle. ¿Los hijos? Sí, 3 ó 4 ó 6...estábamos abiertos a la vida.  Así que Dios iría poniendo el momento y el tiempo preciso (pues cada fecundación es un auténtico milagro divino).  Empezamos nuestro caminar juntos.  Fue un descubrir al otro, aprender a amarlo más allá de la emoción. ¡Muy bendecidos! Parecía que todo iba bien. Y la bendición de “todo matrimonio” estaba por llegar. Bueno, eso era lo que nosotros esperábamos. Mil y una ideas pasaban por mi cabeza de cómo le iba a dar la noticia a mi esposo, a mis padres, a la familia, de cuando les compartiera: “estoy embarazada”. Hasta hice un archivo donde ponía las diferentes ideas que se me iban ocurriendo.  ¿Alguien se identifica con esto?  Así pasaban los meses, los días, las ilusiones mezcladas con la desilusión del mes; nuestros amigos empezaron a embarazarse, el primer hijo, luego el segundo, ¿qué estaba pasando con nosotros?  Si todo nuestro noviazgo y, matrimonio era conforme al plan de Dios para nuestras vidas, ¿porque no llegaban los hijos? ¿Fallamos en algo? ¿Algún pecado? (Sí hasta la idea del castigo divino pasó por mi cabeza; qué bueno es Dios que disculpa mi ignorancia).  Empezaba nuestro peregrinar por una tierra nueva, no lo queríamos ni mencionar, pero de pronto el nombre claramente apareció: infertilidad no explicable.

Cuando éramos novios tocamos el tema de “Qué pasaría si no podríamos tener hijos”…pero jamás se me ocurrió que nos fuera a pasar.  Ahora era una realidad.  El panorama pintaba diferente nuestro sueño de la “perfecta familia bendecida por Dios”.  Me costaba tanto creerlo, “me está pasando a mí”, “nos está pasando a nosotros”. Ahora venían decisiones que tomar, la vida se veía diferente, nuestro tan anhelado futuro de pronto había cambiado; pero aún nos teníamos el uno al otro.

Una familia de dos-no por elección

¡Hola a todas! Finalmente he decidido el nombre: “Familia de Dos”.
 Miles de nombres pasaron por mi cabeza y la de mi esposo: “Familia de dos: Dios nos bendice… a Su manera”. “Nuestra familia: tú y yo”. “Viviendo a plenitud nuestro matrimonio”… Pero no nos convencían. Queríamos algo más profundo, más completo, aunque no sé si este nombre lo reflejará del todo; por el momento iniciaremos con éste. Quiero empezar a escribir para compartir la lucha interna y la bendición de la infertilidad. Quiero compartir con ustedes este caminar que no termina. Un caminar que para nosotros fue y es, guiado y conducido por la mano de Dios. Sin Dios no sé donde estaríamos metidos, ni sé si seguiríamos construyendo una vida juntos. Es Dios quien ha dado valor y forma a nuestro matrimonio sin hijos, a nuestra familia sin hijos. Como toda familia cristiana, los anhelamos y los soñamos; pero no llegaron. Y la gracia de Dios nos ha sostenido, al grado de permitirnos vivir en plenitud la vocación a la que El mismo nos ha llamado. Pues creo firmemente “que todo lo permite El para el bien de los que le aman” (Romanos 8, 28); y estoy convencida que “El hará las cosas aún mejor de lo que yo había planeado” (Efesios 3, 20). Así que con esto en mente, naveguemos juntas en el mar de nuestro matrimonio-sin-hijos-no-por-elección, sino porque no llegaron.

Caminemos juntas con la plena conciencia de que en el plan amoroso y perfecto de Dios nos encontramos.

Caminemos juntas en las primeras etapas, en la negación, en el duelo, en el rechazo, en la incomprensión, en la tristeza, en el desánimo, y en todo lo que conlleva el peregrinar de una familia de dos.