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Familia-de-dos, cuando los hijos no llegan

“…los esposos a los que Dios no ha concedido tener hijos pueden llevar una vida conyugal plena de sentido, humana y cristianamente. Su matrimonio puede irradiar una fecundidad de caridad, de acogida y de sacrificio.” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1654). En palabras personales, "pueden vivir en plenitud-aunque la historia sea diferente a lo normal."

miércoles, 20 de febrero de 2013

Nuestros amados Hijos Espirituales


Nos hemos vuelto a encontrar con ellos, recuerdan que les comenté de aquellos hijos espirituales, de su presencia en nuestras vidas (Crisis de Identidad Parte 2); creo que no conté bien nuestra historia, bueno, pues aquí empiezo:

Hace algunos años, en el 2007, Dios nos invitó a realizar un viaje que marcó nuestras vidas y nuestros planes (después de ese viaje jamás hemos vuelto a ser los mismos). Dios nos invitó a irnos de misioneros. Viajamos a Ecuador, llegando un julio del 2007, con maletas llenas de ropa (jeje), pero también de ilusiones, de sueños, de fantasías por realizar; llegamos a un país totalmente desconocido para nosotros. Y allá empezó esta historia, un poco absurda, un poco loca, un poco única, un poco de todo...
Primero conocimos a unos misioneros universitarios, un doctor y un ingeniero, que habían terminado su carrera y estaban ofreciendo un año de servicio misionero; después llegaron ellas, un tropel de chicas bellas, hermosas, que acababan de terminar su preparatoria y antes de ingresar a la Universidad (a la U, como suelen decir en Ecuador), ofrecieron un tiempo también de servicio misionero. Ah! Y días después también llegó una ingeniera (bella y hermosa también). Y sin pensarlo, la historia empezaba a cobrar forma.  Colombia, Costa Rica, México y Ecuador (aunque no de la ciudad donde vivíamos).  Todos lejos de nuestros hogares y nuestras familias, factor que nos unía, nos hacía comprendernos en el dolor de la soledad, en la incomprensión de una nueva cultura, en la necesidad afectiva de la familia.  ¡Cuántos recuerdos de aquellos momentos alrededor de nuestra pequeña mesa! No teníamos mucho en aquellos tiempos (hablando económicamente), pero los teníamos a ellos, éramos una familia misionera.  Las conversaciones alrededor de esa mesa iban desde nuestros planes a futuro, con mucha incertidumbre, pero fe cierta en Aquel que nos enviaba;  hasta la alegría de sabernos en ese presente amados plenamente por El.  Compartimos lágrimas, risas,  momentos complicados, bailes, locuras, paseos en bus, en fin. 
Ellos y ellas se fueron primero.  Llegó el momento de regresar a sus casas, de reintegrarse al mundo laboral o a la Universidad.  El momento de separarnos había llegado.  Abrir los brazos y soltar aquello que tanto habíamos disfrutado (creo que fue la continuación de la enseñanza de Dios: vive en plenitud cada día, abraza fuertemente y suelta en el momento oportuno para seguir viviendo; ya lo había vivido con mis propios hijos).  Ahora me tocaba de nuevo, ellos regresarían con sus verdaderas familias, sí, tenía que recordar que no eran míos, que Dios me había regalado la dicha de estar cerca, de compartir algunas aventuras, de compartir cariño, pero eso era todo. 
Después, nos tocó a nosotros regresar a México, el sueño había concluido y teníamos que enfrentarnos a la realidad (no fue fácil, cuando aterrizamos en nuestro hogar, todo había cambiado, nosotros habíamos cambiado y no era fácil meternos al río de la vida laboral; fue un tiempo difícil).  En todo este tiempo aquella familia misionera se comunicaba poco, todos estábamos enfrascados en volver a la realidad, escuelas, trabajos, familias. 
En los siguientes años, llegaron dos personitas más a nuestras vidas. (Esas sorpresas que Dios nuevamente da).  Una de ellas, desde Ecuador, vino a hacer su tiempo de misionera a nuestra ciudad; y otra de ellas vino de intercambio escolar.  Ambas llegaron en el momento adecuado.
Nos hicieron recordar, anhelar, reír, volver a abrazar, volver abrir nuestro corazón a nuevos miembros de la familia misionera Y llego el momento de su regreso.  Nuevamente el dolor de la separación.  Y sin embargo, una alegría interior de sabernos amados, de saber que estas personitas en Colombia, Ecuador y Costa Rica nos aman, somos partes de sus vidas, y son parte de la nuestra.  Por cada uno de ellos ha valido la pena ser esta loca familia misionera.
Sí, no nos vemos tan seguido, es algo caro viajar; pero ahora con la tecnología y el famoso whatasap y Skype, nos hemos reencontrado.  ¡Cuánto nos hemos alegrado al leer cada uno de sus miles de mensajes! Veo a mi esposo reír, disfrutarles a pesar de la distancia. Y conscientes estamos que la vida sigue, que ellos estarán lejos, que no son nuestros; sabemos que alguna vez nos encontraremos y que ese día lo disfrutaremos al máximo, sin importar si será un día, varios, o unas cuantas horas, pero no importa; los acompañaremos en sus días difíciles desde acá, en sus graduaciones, en sus cumpleaños, brindaremos con ellos en la distancia, y cada uno seguirá viviendo donde le toqué vivir.  ¡Esa es la bendición más grande de esta familia misionera: los lazos espirituales abrazan hasta la eternidad!

Gracias, gracias por permitir a esta pareja de locos, mi esposo y yo, seguir siendo parte de sus vidas. Porque ustedes son y serán siempre personitas amadas que ocupan un lugar especial en nuestra familia-de-dos

"Vive de tal forma que al mirar hacia atrás no lamentes haber desperdiciado la existencia" (Elizabeth Kübler-Ross)


3 comentarios:

  1. Los amamos gracias x todo su amor y testimonio! Por amarnos tanto y ser nuestros padres espirituales! Belen V

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  2. Wow! Estoy aqui con Clau... y wow! Llorando... conversando... recordando... gracias por permitirnos ser parte de esta "loca familia misionera", de "esta familia de dos" Soy Marce

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  3. Wow! Estoy aqui con Clau... y wow! Llorando... conversando... recordando... gracias por permitirnos ser parte de esta "loca familia misionera", de "esta familia de dos" Soy Marce

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