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Familia-de-dos, cuando los hijos no llegan

“…los esposos a los que Dios no ha concedido tener hijos pueden llevar una vida conyugal plena de sentido, humana y cristianamente. Su matrimonio puede irradiar una fecundidad de caridad, de acogida y de sacrificio.” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1654). En palabras personales, "pueden vivir en plenitud-aunque la historia sea diferente a lo normal."

jueves, 28 de noviembre de 2013

Aniversario 40 de mi compañero de vida

En estos días he observado detenidamente al hombre que comparte conmigo su vida. Al compañero, al amigo, al amante, mi esposo, mi cómplice en todo. Creo que nunca he publicado en esta página los poemas que brotan de un corazón eternamente amante y agradecido por él.  Hoy quiero compartir el poema de este año, que consolida mucho pero agota poco.

Te amo con la locura y la certeza de los años compartidos.
Te amo por la ternura de aquel primer amor que conquistó mi sonrisa, y hoy con el amor que consolida.
Te amo con el enamoramiento de los primeros años que se quedó escondido entre nosotros dos locos.
Te amo con la chispa del ayer y el fuego del presente.
Te amo con los detalles del ayer y del ahora, con los que llegaron y los que se quedaron en el tintero.
Te amo con la juventud de nuestros veintes y la madurez de los nuevos años.
Te amo con el recuerdo de un ayer bendecido y la mirada de un presente que nos sorprende.
Te amo con la historia compartida, con cada capítulo vivido sin omitir ninguno.
Te amo en los sueños del ayer que se fueron y en los presentes que nos sorprenden.
Te amo en la despedida de tanto y en la llegada de mucho.
Te amo en la dependencia de un ayer y la libertad compartida del hoy.
Te amo en tu serenidad y en tu locura.
Te amo con mi locura y mi cordura.
Te amo en la incomprensión del silencio y en la empatía compartida.
Te amo en la soledad de tu cueva y en la algarabía de nuestros encuentros.
Te amo con la energía que despidieron ayer nuestros cuerpos, y con el cansancio que hoy reflejan.
Te amo en la mirada que lo comprende todo, y en aquella que no comprende nada.
Te amo en tu tranquilidad que me abraza y en el desasosiego que nos une.
Te amo en tu cuerpo y en tu alma.
Te amo con lo mejor de ti y con aquellos momentos álgidos que solo yo conozco.
Te amo en los momentos oscuros de nuestras almas, y en los momentos más radiantes.
Te amo en tu caminar y en aquellos dulces momentos de descanso.
Te amo en la totalidad de tu ser.
Te amo por ser el hombre que creyó en mí, y por ser hoy el esposo que no deja de entregármelo todo.
Te amo por estar siempre cerca tocando mi alma y mi cuerpo.

Te amo. Tu esposa y eterna admiradora.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Estar presente


Definitivamente el vivir cada momento en plenitud es un regalo divino.  La mayoría de los seres humanos (o los habitantes de la ciudad en la cual vivo) estamos tan “acostumbrados” a vivir en el futuro, a proyectar, planear para no errar en lo que viene, que la vida presente se desparrama como el agua en nuestras manos (no es malo proyectar ni planear, al contrario, son herramientas de eficiencia, de orden; pero cuando se convierten en herramientas que secuestran el presente, ahí es donde el asunto no es tan eficiente). Y es aquí, en este secuestro, que se experimenta la vida como un robo, como un algo que nunca tengo entre mis manos, una sensación de que el tiempo me está comiendo.

¿Qué tal si mejor nos proyectamos en nuestro presente? Jorge Bucay, terapeuta y escritor argentino, bien menciona lo siguiente: “¿Qué mejor momento para las cosas que el momento en que suceden?” Pero estamos tan distraídos en la planeación del futuro, en la angustia del pasado, en la ansiedad de la vida.  “Cada día tiene su propio afán” (cfr. Mateo 6,34) entonces, porque no hacer un alto, un pequeño respiro y dialogar. Disfrutar, disfrutarme, disfrutarte. Estar presente.  Esto es lo que yo soy, esto es lo que tengo, estos son mis dones, estas son mis complicaciones.  Tengo mucho y tengo poco, pero esto es lo que soy.  Sin comparaciones absurdas.  Mi realidad es única, es mágica y es mía.  Creo en un Dios real y verdadero, presente en mi vida, cercano a mi corazón, un Dios que me ama más de lo que pueda yo imaginar, un Dios que me ha otorgado el don de la vida para disfrutarla. Quien ha bendecido mi realidad, así tal cual, con sus detalles normales (¡qué difícil fue y es bajarme de mi propio cuento de hadas! Pero créanme, bien ha valido la pena y por mucho).  Aceptar mi realidad me ha abierto las puertas para vivir en plenitud mi presente. Así que hoy lo puedo escribir: estoy aprendiendo a estar presente no sólo para el otro, sino también para mí.