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Familia-de-dos, cuando los hijos no llegan

“…los esposos a los que Dios no ha concedido tener hijos pueden llevar una vida conyugal plena de sentido, humana y cristianamente. Su matrimonio puede irradiar una fecundidad de caridad, de acogida y de sacrificio.” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1654). En palabras personales, "pueden vivir en plenitud-aunque la historia sea diferente a lo normal."

viernes, 24 de enero de 2014

La vida vuela sin mí y la incipiente escritora que se enreda con las palabras

Estos últimos meses han sido de locura.  Estar ordenando la casa, tirando cosas, regalando otras, en fin. La vida parece tener prisa y sin embargo, yo no.  La vida toma su rumbo, quitando a diestra y siniestra, tomando de aquí y llevándose hacia allá. No quise enredarme con ella. Y sin embargo, pasó llevándome entre sus planes.  Un día pensé que ya era tiempo de escribir y empecé a hacerlo, así sin más, era el momento de iniciar con un sueño, dar un primer paso, pequeño sí, pero mío, mi primer paso en este loco sueño.  Así que tomé el tiempo, le pedí permiso a la vida para hacerlo, o tal vez me pedí permiso a mí misma: ordenando, acomodando, dejando, poniendo todo para perderme con las letras, ¿o encontrarme a través de ellas? Así que me perdí buscando los tiempos algunos meses. Pero abrí mi boca y eso me ayudó.  Necesitaba un empujón para sentarme a tejer palabras, y a coser los sueños, así que llegó el día preciso a través de mi compañero de vida. Ese hombre que no deja de creer en mí, en su esposa escritora;  esa vocecita que está ahí para empujarme cuando veo el agua helada y no quiero meterme a nadar, aunque sepa que una vez dentro podré sentir lo acogedor del agua y no querré salir jamás.  Así que finalmente, ahora sí, entre los tiempos, la vida, yo misma, la insistencia de este loco admirador (y creo que más soñador que yo), me senté a escribir.  Las letras parecían devorarme, o era el miedo que representaban para mí, miedo al dibujo que expresaría mucho o todo o nada; miedo a perderme entre ellas y jamás regresar.  El primer escrito y todo fluyó; fue como si estuvieran listas para salir. Cada palabra se fue acomodando libremente, divertida; enfrente, no mejor atrás, no mejor después; bailaban entre ellas y me entretenían.  Fueron hilándose, tomándose de las manos, y entonces, sólo cuando estuvieron listas, empezaron a hablarme.
Empezó la catarsis, cada escrito me permitía entrar al recóndito sitio donde se alberga mi alma (tratando de ponerlo en palabras). Y ahí me perdía, hurgando, poniéndole nombre a la emoción, al sentimiento que negaba, al grito que no escuchaba, a las lágrimas que no lloraba; y a las risas que nunca dejaron de hacer presencia. Me perdía por momentos, tratando de tocar el sueño que no llegó, dibujándolo con las pinceladas de las letras lo mejor que mi incipiente escritura podía lograr.  Pude verlo, tocarlo, abrazarlo. A veces creía que se burlaba de mí, con esa irónica sonrisa de quien lo tiene todo y te deja sin nada; pero luego lo veía acercarse y abrazarme, tratando de consolar el grito que se ahogaba en mi interior.  En momentos el sueño corría y me urgía a escribir; pero otros días, se llevaba las palabras, las escondía de mi vista; era como estar en un bosque sin oxígeno, así que me alejaba de las letras por unos cuantos días o un par de meses, hasta que volvía a tocar a mi puerta. 
El sueño fue consolidándose, las palabras formaron una historia, mi propia historia. Tejieron emociones, pintaron bellos e imaginarios paisajes, expresaron mucho y nada.  Arrullaron un sueño y después lo dejaron partir.  Pude tocarlo, sentirlo, vivir con él, saber que nunca se me permitiría vivirlo tal cual lo anhelé en mi más tierna infancia.  Aunque, sí, estuvo ahí por unos años, acompañándome, llenándome de ilusiones, y como todo en la vida, también de desilusiones (aun me cuesta entender este sube y baja de la vida, aceptación, sí, lo sé, aceptación).  Ilusión y desilusión, así transcurrían los meses.  Pareciera que esta historia fue eso, sólo un sueño.  Pero los días complicados quedaron grabados en nuestra historia.

Cada tela entretejida la compartía con mi compañero de viaje.  Me escuchaba atento, como si tocase cada emoción, o tal vez llorase en su interior. Su mirada se perdía entre las palabras. Yo lo expresaba en este entretejido y él se enredaba en él. Ambos lo abrazábamos y luego, perdiéndonos en nuestro pensamiento, lo dejábamos partir.  “Sí, adelante, publícalo”-era su respuesta después de nuestro prolongado silencio donde las palabras, ahora sí, no eran necesarias.